sábado, 20 de agosto de 2011


Me veo corriendo, corriendo sin cesar, para huir de algo que me persigue, que me aterroriza. No se lo que es, simplemente se que está ahí, es oscuro y me quiere hacer mucho daño. Lo peor de todo es que no esta solo, y eso me obliga a correr más y más rápido. Grito hasta quedarme sin voz, grito hasta la saciedad que se alejen de mí, que me dejen tranquila. Pero no lo hacen, y cada vez están más y más cerca. Se abalanzan sobre mí, como si fuera una simple presa, y siento que sus mandíbulas y sus garras me destrozan la piel.

Mi respiración es acelerada al despertar y el sudor empapa mi pequeño cuerpo como si hubiera estado corriendo de verdad. El sueño es demasiado real. Todo es demasiado real aquí dentro. Intento recobrarme del susto, y miro con fijeza las paredes blancas de la habitación; lisas e impolutas como siempre, en cuya superficie se ve proyecta la sombra de las ramas de los árboles, moviéndose escurridizamente. En cierto modo, su peculiar movimiento se me hace bello, hasta que me percato que no tengo ninguna ventana en la habitación, ni ninguna sombra que reflejar en la pared. Un ligero temblor me recorre la espalda, y grandes gotas de sudor me caen por la frente. Las sombras de mis sueños se están tornando reales, y giran a mí alrededor. No tienen forma, no se lo que quieren, solo se que van a por mí, y me enseñan una y otra vez sus largos y afilados dientes blancos. No se que hacer, no me puedo mover, y esta vez no voy a gritar. Rápidamente, me escondo bajos mis sábanas, mis matas y edredones para sentirme a salvo, como si fuera una niña pequeña. Noto sus respiraciones y los oigo, pero ellos no me ven. Bajo las mantas estoy a salvo, aquí no me cogerán. Al menos no de momento.

La luz blanca de la habitación me despierta. Salgo acalorada de mi cómodo y seguro escondite bajo los mantas. Encima de la blanca superficie de una mesita hay un vaso de agua. Me apresuro a beberlo y veo junto a él dos pastillas. Una azul y otra blanca. Sin pensarlo, me las tomo. Ellos dicen que así los monstruos no me comerán. Ellos lo dicen a todas horas. Ellos creen que pueden protegerme. Pero ellos siempre mienten.

Pasan las horas. Una tras otra. Lo se. Lo intuyo. Ni siquiera puedo ver el sol. Solo veo monstruos. Y sombras grises, sin forma, sin color. Solo miro el techo, recostada sobre mi cómoda y confortable cama, mi protectora. Cierro los ojos un segundo, y noto como el sueño me lleva. Pero pronto regreso. Oigo a alguien. Alguien me esta susurrando. Alguien me llama. Cuando abro los ojos y observo mi habitación, veo mi propio reflejo en un espejo de la habitación. Salgo de la cama, lentamente y me aproximo a mi otro yo. Me sonríe. Parece alegre y simpática. ¿Yo soy así? Me acerco más y más, hasta que estoy justo delante. Pero comprendo que ha sido un terrible error, no debía de haberlo hecho. Su sonrisa se desvanece, y mi reflejo cambia de forma. ¡No soy yo! ¡Es una trampa! Los monstruos se hacen más fuertes, más listos, han conseguido sacarme de mi burbuja protectora y ahora me acorralan. Susurran y susurran. Es ininteligible. Siento que la cabeza me va a explotar, siento que no voy a aguantar mucho más. Intento alejarme, retroceder. Uno de ellos me mira, noto sus brillantes y malignos ojos naranjas puestos en mi. Brillan como el fuego, queman como el fuego y son tan peligrosos como el. Me saca una bífida lengua de entre su boca maloliente y profunda, surcada de grades afilados dientes blancos, y levanta una de sus zarpas que me araña con profundidad el brazo. Grito de dolor. Llego hasta mi cama, que parecía tan lejana, y me cobijo bajo las mantas, intentando sentirme segura. La sangre brota de mi herida, pero no me importa. Ellos me han mentido. Otra vez. Otra noche más. Esos bichos no se van, ellos no me quieren ayudar.

Despierto con un chorro de blanca luz brillante. Ilumina toda la estancia y parece verdaderamente acogedora y bonita. Pero se que en ella se esconden los monstruos oscuros y diabólicos que me persiguen día y noche. Me recuesto en la cama. Como cada día. ¿Cuanto más durara esto? ¿Cuánto tardarán en irse de este mundo esos bichos del demonio? Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Paso las manos por mi pelo largo y liso. Ellos decían que lo tenía bonito, que era precioso. Yo lo odio. A veces quiero arrancármelo a trozos. Es como una maldición, lo miro y me recuerda al color del fuego, al color del sol, al color de los ojos de esos monstruos. ¿Tan difícil es conseguir ayuda? Parece ser que nunca tendré a nadie que mate monstruos por mí.

1 comentario:

  1. Chico_24 superoriginal xd16 de septiembre de 2011, 3:28

    Si este relato es aterrador de por sí, leerlo a las 4 de la mañana es para que se te pongan los pelos como escarpias xd, me ha recordado a los relatos de Becquer, así que te animo a que sigas escribiendo este tipo de historias que te veo madera de escritora de relatos fantásticos.

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